Bebimos de los vientos y tempestades
infinitas,
para acabar de nuevo en una eternidad maldita.
Tiramos de los barcos y las fuentes marchitas,
para acabar desamparados en la soledad
adscrita.
Perdimos el Norte de los tiempos,
corrimos para alcanzar a Eros.
Apagamos nuestra voz en el adiós
que gritaba “No quiero veros”.
Estañada la fría verdad,
consumida toda tempestad;
nos dimos por vencidos del verso,
con un sinsabor terso.
Hiván Ramone

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