Aquí os dejo el 2º premio del X Concurso literario "IES Bergidum Flavium".
un souvenir d'enfance
Era tarde, el sol se escondía entre las altas montañas. Ya había cenado, estaba leyendo un libro en mi despacho, cuando un extraño sonido recorrió toda la casa, desde el sótano hasta el ático, pasando por el pasillo, por las habitaciones, por el salón y acabando en la zona donde me encontraba. Seguidamente un escalofrío recorrió mi espalda de arriba abajo, dejándome durante unos segundos si respiración, con el corazón latiendo a ciento sesenta pulsaciones.
En ese preciso instante vi la imagen pasar por delante de mí. Era otra vez esa extraña sombra que llevaba meses persiguiendo mis sueños, pero esta vez era real. Estaba en frente mía, inmóvil. La imagen duró unos segundos que parecieron horas, horas largas e interminables invadidas por el miedo, y más aún, la curiosidad de saber que era eso.
Tras esta breve escena, volví en sí, terminé las dos hojas que me quedaban para finalizar el capitulo del libro que estaba leyendo, y me acosté a dormir.
Durante toda la noche estuve pensando en el suceso, casi no pude dormir. En un principio creí que pudiese haber sido real, pero de repente un viejo recuerdo se desbloqueó en mi memoria. Ese era el germen de mis visiones, ese problema que nunca he podido solucionar.
A la mañana siguiente subí al ático, busqué entre las viejas fotos de familia. Allí estaba, era él, cómo no recordarlo. Lo que me extrañó en ese instante fue la foto, no el suceso ocurrido en lo más profundo de mi mente. Yo estaba en la foto, junto a mis viejos amigos, pero en esa foto estaba ese niño. Decidí indagar un poco sobre él. No recordaba su nombre con exactitud, así que decidí ir a la escuela a hablar con el director, haber si el podría proporcionarme sus datos. Recuerdo que el niño se había ahogado un verano en el río, y nunca encontraron su cuerpo. A pesar de todo, lo raro no fue su muerte, sino los posteriores sucesos en su casa. Era huérfano y vivía con su abuelo, tras su muerte, el viejo decidió irse del pueblo a la ciudad. La casa quedó entonces abandonada, pero se encendían las luces por las noches, se oían gritos. La compañía eléctrica cortó la luz, pero se seguían iluminando las habitaciones. Creo recordar que visitó la casa una médium, pero no esclareció nada.
Tras hablar con el director, me dirigí al ayuntamiento y al cuartel de la Guardia Civil para conseguir información. Todo apuntaba a ninguna parte. Llame a un amigo de la ciudad para saber sobre su abuelo, que había sido de él. La única información que obtuve fue que murió en un sanatorio de la capital, y que en el cénit de su locura solo decía un nombre. No me supo decir cual era la palabra.
Quise saber más, la visión me decía que algo raro pasó el día que se ahogo. Mi deber era averiguar lo que era. Por aquel verano, el de la muerte del niño, cerca del río vivía un chico, uno de esos locos que se desmarcan de la sociedad. Aún vivía en la casita del río. Fui a hablar con él, haber si podía desvelarme algo. La conversación fue interesante, me desveló algo que todo el mundo desconocía, y es que el niño no estaba solo el día que murió, otros chicos estaban con él. Ahora todo cambiaba, ya no era solo un accidente, sino que cabía la posibilidad de que a aquel niño lo hubiesen asesinado.
Ese día regresé a casa tarde, había recibido un e-mail de mi amigo de la ciudad. En el decía que había descubierto algo más, era sobre lo que me contó el viejo de la casa del río, pero esta información, ahora en mis manos, revelaba nombres y apellidos. Esa noche pensé en todo lo que sabía hasta ahora.
A la mañana siguiente recibí una llamada, me inquietó. Mi amigo descubrió algo más, uno de los jóvenes implicados en el supuesto accidente era hijo del cacique del pueblo, y los otros dos eran hijos de unos importantes amigos del cacique. Esto daba un vuelco a mi investigación, entonces decidí dirigirme con mis datos a la ciudad.
De camino a la villa recordé que la tarde del supuesto accidente uno de esos niños llegó a la plaza con las ropas mojadas pidiendo ayuda, pero no se encontraba muy tranquilo para que lo sucedido hubiese sido un accidente, tenía un expresión de miedo en su rostro.
Al llegar a la ciudad llamé a mi amigo, quedamos para tomar un café. Me ofreció quedarme en su casa, la verdad es que me vino como anillo al dedo, ya que pensaba quedarme por allí a investigar. Durante nuestra charla me habló de un conocido con el que tenía buena relación que llevaba casos antiguos. Todo estaba saliéndome genial, no podía creerlo. Yo, Gerard Mass, iba a hacer justicia.
Los días se fueron sucediendo y la investigación no avanzaba, estaba estancada. Regresé al pueblo haber si allí encontraba algo nuevo. Volví sobre las pistas, pero nada. Habría pasado cosa de un mes cuando recibí noticias del conocido de mi amigo. Era por la tarde cuando sonó el teléfono de mi casa, noté a Jaques inquieto; Jaques era el conocido de mi amigo de la ciudad, un viejo policía que ahora era detective. Me hablo de un tal Cayetano Remajea, al parecer el hijo del Cacique del pueblo. Ahora era un empresario de prestigio. También averiguo que cabía la posibilidad de que la Guardia Civil estuviese mandada por el cacique del pueblo. La cosa dejaba de ser un supuesto accidente a no serlo, parecía más bien un asesinato. Siguió dándome detalles. Todo se volvía más oscuro. Me facilitó el número de teléfono y la dirección del tío del niño. Su tío vivía en Francia, mas concretamente en Marsella.
A la mañana siguiente me trasladé a Madrid para coger un vuelo a Toulouse y de allí un tren a Marsella. Estando en Madrid me encontré con un viejo amigo del pueblo, Antón, tras el efusivo saludo le conté lo de mi investigación, y todo lo que había averiguado hasta ahora. Después de esto me dijo que no recordaba de aquel día.
Poco antes de coger mi vuelo recibí una llamada de mi amigo de la ciudad, Diego. Me comentaba que había encontrado a uno de los tres implicados, un tal José Francisco Aguirre, al parecer estaba ingresado en un psiquiátrico desde hacía varios años. Le agradecí la información y colgué, un vuelo a Toulouse me esperaba.
Durante el vuelo ordené la información que tenía en una carpeta por orden cronológico, sin obviar ningún detalle. Al llegar a Toulouse me dirigí directamente a la estación de tren. Ya a media tarde llegué a Marsella y me instalé en el hotel. La primera noche salí a pasear por la ciudad. Pasé por delante de un bar y decidí entrar a tomar algo. Serían las doce de la noche cuando volví al hotel. Esa noche volví a pensar en el niño, y en todo lo que sabía hasta ahora.
A la mañana siguiente llamé al tío del niño; le conté todo lo que estaba haciendo y lo que sabía, me ofreció quedar a tomar un café para hablar de lo sucedido. Después de comer, me cambié y me dirigí al lugar donde habíamos quedado, al verle me sorprendí, era idéntico a su sobrino. Lo cierto es que solo me contó lo que yo ya sabía, bueno a excepción de que él también había sospechado durante años de que el ya no tan supuesto accidente, había sido un homicidio. Nos despedimos, le dije que pronto tendría noticias mías, en cuanto averiguase algo nuevo.
Regresé al hotel, cené y acto seguido, hice el equipaje. Madrugué al día siguiente para regresar a Madrid. Ya de nuevo en España; decidí pasar unos días allí. De regreso al pueblo, revisé todos los documentos de nuevo; por si se me escapaba algo; pero no.
La investigación no avanzaba. Se sucedían los días y no encontraba nada nuevo. Una noche, al regresar a casa, sobre las 4 de la mañana; me asaltaron dos tipos de negro. Me atestaron un golpe en la cabeza. Sólo recuerdo que caí al suelo a plomo y luego despertarme en un callejón. Posiblemente todo viniese a raíz de la investigación, de todo lo que había descubierto. Unos días después del altercado, recibí una llamada anónima, amenazante. Me sugirió que dejase la investigación o acabaría mal.
Tras la llamada una luz se encendió en mi cabeza; claramente no iba a dejar de investigar a pesar de las veces que me amenazasen de muerte; se me ocurrió investigar más a fondo a Cayetano Remajea. La información sobre él era la siguiente:
-Nombre y apellidos: Cayetano Remajea Pérez -Fecha de nacimiento: 24/04/1965.
-Lugar de nacimiento: Calmares de la Ensenada. -Nacionalidad: española
-Ocupación: Principal accionista de una empresa logística de construcciones, A.C.F. de logística S.A.
-Otros datos: Poses varias fincas en su pueblo natal, así como un gran patrimonio y ciertos locales en su ciudad de residencia. Hace unos meses ha sido juzgado por coacción a políticos y otros cargos públicos, saliendo impune de los supuestos delitos.
Esto me hacía pensar que sabía algo de mi investigación y, posiblemente él mandase a esos matones aquella noche. De todos modos decidí indagar más en su pasado. Estaba limpio, la verdad. Licenciado en Administración de empresas por la Universidad pontificia de Madrid, había iniciado sus andanzas en el mundo de las finanzas en el BCE, que pertenecía a un tío soltero que le dejó en herencia, no solo las acciones del banco, sino también algunos de sus bienes.
Tras ver que estaba limpio, decidí investigar a su padre. Luis Alberto Remajea Forcada. Tenía el título de marqués de Villaseca. Estaba casado con Doña Cristina María Guzmán Fernández, hija menor del Conde de Lemos. Residió desde los 24 años en Calmares. Ejerció de alcalde del pueblo desde su llegada hasta su muerte. Poseía casi tres cuartas partes de las propiedades privadas del pueblo y los alrededores. Murió en 1985 de una parálisis cerebral, a los 94 años. Fue enterrado en su pueblo de origen, Villaseca la mayor. Se sabe que dominaba todo el poder en el pueblo hasta 1975, coincidiendo con la muerte de Fco. Franco, el dictador español.
Recordé que tenía poder sobre la Guardia civil, entonces decidí investigar los informes sobre el accidente. A primera vista no parecían falseados, aunque pensándolo bien habrían puesto lo que el Sr. Remajea les había dicho. Los testimonios de los testigos no parecían sospechosos.
No descubría nada nuevo, de repente recordé que el abuelo del niño, que había estado internado en un sanatorio de la capital, no hacía más que repetir un nombre. Al recordar esto, cogí mi coche y me fui rápidamente al sanatorio de la capital. De camino noté que alguien me seguía, un coche oscuro con las lunas tintadas. Apunté la matrícula, por si acaso. Llegué al sanatorio en 2 horas. Pregunté por el paciente, si podían facilitarme algún informe. En el informe decía que solo repetía un nombre y unos apellidos, éstos eran: Andrés Hurtado Zalamea. Lo apunté en mi libreta y salí apresuradamente para mi casa. Al salir del sanatorio me fijé que aquel coche oscuro estaba allí. De regreso a casa me volví a fijar que seguían detrás de mí. Al llegar telefoneé a Jaques, le comenté lo que había averiguado. Rápidamente me dijo que el tal Andrés Hurtado Zalamea era natural de Calmares; y que residía en la capital desde hacía varios años. Me facilitó un número, llamé a Andrés. Me hice pasar por un comprador. Tenía una casa en el pueblo y le insinué que me interesaba comprarla.
Al día siguiente quedamos en su vieja casa para hablar de la supuesta venta. Cuando apareció, no me reconoció. Entramos en la casa, una vez dentro le expliqué lo que pasaba. Se puso pálido, y dijo que no sabía nada, que tenía que irse. Lo agarré por el brazo; durante unos segundos la situación se volvió algo violenta, lo solté y le propuse sentarse y hablar. Me contó todo; era un testimonio. Al parecer, Cayetano, él y el otro amigo habían ido al río a bañarse. Al llegar se encontraron con Joaquín, el difunto, que estaba pescando. Cayetano le derramo toda la pesca por el suelo. Joaquín, indignado, salió del agua y le atestó un puñetazo en la cara. Cayetano lo empujó y Joaquín cayó al río. Acto seguido, Cayetano saltó encima de él. Empezó a hundirle la cabeza bajo el agua. Me contaba que al principio salían burbujas, pero que luego solo había silencio. Dijo que saltaron al agua a intentar separar a Cayetano, pero que su reacción llegó tarde y Joaquín se había ahogado. Ellos dos corrieron al pueblo a pedir ayuda, Cayetano huyó a casa a contarle a su padre lo sucedido. Lo siguiente que ocurrió era lo que yo ya sospechaba. Me dijo que tanto él como su hermano nunca habían dicho nada por miedo a las amenazas de Cayetano y su padre.
Tras acabar de hablar, apagué la grabadora que llevaba escondida en el abrigo. Él se marchó un poco asustado. Al llegar a casa me encontré con la puerta abierta, todo estaba revuelto. Supongo que habrían entrado a buscar todo sobre la investigación; pero no habrían encontrado nada, lo llevaba todo encima.
Pasaron un par de días y llamé al detective para facilitarle la información. Se la envié toda por correo ordinario. Dos días más tarde me llegaron noticias del detective. Me dijo que Andrés había fallecido la noche pasada en un trágico accidente de moto. “Que coincidencia”, pensé. También me dijo que de todos modos el testimonio de la cinta podría ser prueba suficiente para reabrir la investigación. Me lo agradeció y colgó.
Tras varios meses, Cayetano Remajea fue condenado por el asesinato de Joaquín Gómez Gómez. Unos días después fui secuestrado por un par de gorilas encapuchados. Me metieron en una furgoneta y me llevaron hasta un descampado. Allí me bajaron maniatado, me pusieron una pistola en la nuca y disparó. Mientras caía al suelo pensé:
“Este es el verdadero precio de la justicia”
LOUIS GOMEL