Cristales.


Y poco a poco se iba apagando mientras las cenizas volaban, esparciéndose por toda la tierra que jamás volvería a pisar. Y así, consumiéndose, para formar parte de la nada. El corazón de papel, roto y ajado, dejaba el vacío más perpetuo jamás visto en un ser humano. Un profundo desvanecimiento en el oscuro presagio de la noche apagada. Nítido era ya el espacio dejado por la ausencia de sus entrañas, que pasaban a ser lascas de piedra prehistórica. Ni lágrimas ni dolor, simplemente impavidez. Una mirada perdida en el horizonte de los tiempos; tiempos que, muertos en vida, dejaban tras de si un hedor a putrefacción. Una máquina de pensar obsoleta, que ni si quiera podía guiarse por el instinto animal mas primitivo; guardado en un subconsciente ya desaparecido. Ni ángeles ni demonios acudían a su encuentro. No tendrá sitio en ningún purgatorio. Ni cielo, ni limbo, ni infierno. Tampoco su alma vagará, en pena, por las calles de la Ciudadela. No hay recuerdos que lo recuerden, ni nadie que lo piense.

Y entre los cristales de las sombras pintorescas del mundo de los vivos muertos, desapareció el que seguía vivo después de muerto.

Hiván Ramone