Crónica de una suerte no anunciada con antelación.

Ni el más negro resplandor de una noche sin luna, ni el mas claro presagio de una soledad inmutable podían hacer dudar ni un segundo a aquel joven lleno de energía que era antes. Ahora, no tan viejo, pero un poco mas desgastado; flagelo ante cualquier muestra de inseguridad. Me rindo ante el mínimo obstáculo, ante la mínima apariencia de fracaso. No soy capaz y eso me frustra cada segundo. Una imprevisible tristeza a la soledad infinita me ronda cada segundo, hasta el punto de querer romper a llorar y no poder porque me siento seco.

Un arco de semblanzas disparatadas cubren cada recodo de mi subconsciente. Aunque un suspiro de esperanza brote en la tierra estéril de mis sentimientos, se amarga porque no hay luz que le de cobijo.

No quiero oscuridad ni soledad, solo el cálido susurro de la compañía de un amigo o una amiga. No quiero silencios sin sentido, que no sean para dar un trago a una bebida cualquiera. No quiero más moches de cama vacía y fría, que no sean porque está también desierta de mi. No quiero más televisión vacía de risas si no estás tu para llenarlas.

Ni el silencio del camino desandado, ni las horas en el metro desamparado. Ni el agujero de llantos no llorados; ni las tinieblas, ¡Oh las tinieblas!Vosotras venís cada noche a arroparme, cada mañana a despertarme y cada mediodía a adormitarme. Vosotras, que estúpidas creéis dominarme, en realidad no sois mas que fantasmas.

Hiván Ramone