EL ENCUENTRO


Caía la noche, llovía, el bosque se volvía oscuro, tenebroso. Se oían a los lobos aullar a lo lejos, el Jabalí salía de su cama, la zorra acechaba a los rezagados conejos que no habían podido llegar a tiempo a sus madrigueras, el búho despertaba y empezaba su canto a la vez que iniciaba su danza. Yo estaba en un claro, miraba al cielo con los ojos cerrados mientras sentía las gotas de lluvia calar en mis entrañas, calar en lo más hondo de mi alma; al mismo tiempo que notaba como resbalaban por mis mejillas chorros de agua por doquier. No tenia miedo, estaba esperándolo.
Me di cuenta de su llegada al sentir callar a todo ser vivo, hasta los árboles se estremecieron al sentirlo. Yo estaba ansioso, respiraba cada vez más fuerte. En cuestión de segundos, todo, absolutamente todo, estaba en silencio; hasta las gotas de lluvia dejaron su canto a un lado para permitir decirme lo que me tenía que decirme. Yo seguía con los ojos cerrados, esperaba el momento exacto para abrirlos, el momento en el que él estuviera en frente mía. Baje poco a poco la cabeza. Justo cuando me di cuenta de su presencia delante de mí abrí los ojos.
Era increíble pero cierto. Estaba allí, enfrente de mí mirándome a los ojos. Yo también lo miraba. Entonces, solo su voz interrumpió aquel magnifico silencio, una voz segura, sin templanzas, sin miedo. Sabía que el también, al igual que yo, estaba intrigado por conocerme.
Me dio las gracias por estar allí, yo le dije lo mismo. El encuentro aunque fue intenso, fue breve porque se me había olvidado una cosa; se me olvido que “Incluso un Lobo Solitario tiene una manada”.

Hiván Ramone