Ciénaga

Hacemos manos a los muertos, que en esta hora vagando a nuestro alrededor. Su hedor se puede sentir en cada rincón, inunda la habitación de las bestias en la que me hallo. Y aquí sigo, vagando por caminos incógnitos, acelerado hacia el fin de la luz que se halla lejos, al final de la lúgubre senda del infinito deseo por la vida y la muerte. La prueba de dos sabores que son, en sí, dolorosos en cualquiera de sus sentidos. Y regresan los muertos a acompañarme en los últimos recuerdos baldíos que mi agotada mente puede recrear. Memorándum de la propia inexistencia, de un último aliento sangrado de mi alcoholizado paladar, de mi desgastada garganta del humo del fumar. Y desaparece la consciencia del ser, y regreso a la incierta soledad del mundo que me rodea.

Aquí el pájaro, se posa sobre la rama del árbol muerto por la sed de gloria del soldado. Inertes los campos, marchitas las praderas. No llega a este rincón la primavera. Triste, acabado en la penumbra del viejo árbol, la sombra de un sol de invernal primavera que dará paso a un otoñado verano. Y si vienen, los espero sentado, royendo las hojas marchitas, los huesos desgranados, las raíces putrefactas. No vengáis al rescate, ya estamos muertos.

He aquí, la larga sorna de los desposeídos, los antaño importunados. Que vengan los muertos, que vengan a encontrarnos. Ante el tribunal de la eternidad, pasaremos la condena en el árbol de la soledad. No voy a correr, no me esconderé esta vez. Enfrentemos con valor este momento, que ya caímos hace tiempo, que ya regurgitamos los amargos tragos del vino de los muertos. Ya me hundo, solo hay oscuridad, sólo dulce penumbra.

De nuevo en la habitación, de nuevo en la sala rota, la cama vacía, las sombras que proyecta la ausencia de luz. Aquí permanezco ahora, en el cautiverio, lejos de dormir el sueño de los justos. Frío nuclear, aire viciado, y de nuevo ese hedor, hedor a muerto. Y ahí está, un cadáver, un único muerto. Descansen ahora del lujurioso llanto arrancado, de la dulce escarcha matinal. Llegará la hora en que regresen, pero la putrefacción resbala por las paredes de esta minúscula habitación.

Al piano, y con una marcha de muertos abro la función para los deshuesados que me rodean. Se rompen en mil pedazos los cristales de sus miradas. Alzan sus copas vacías en honor a la gloria perdida en el réquiem de la media luna. Corren ríos de lava en sus entrañas, y resbalan por sus calaveras el viscoso ungüento del oro negro. Y no resurgirán de las cenizas, y no abandonarán sus espadas, y esperan que regresen de nuevo las praderas desoladas. Y yo en el piano, invocando a muertos lejanos, que se suman al velatorio de la victoria frustrada.

Arrastrado a las catatumbas olvidadas, por donde vagan los innombrables, donde no llega ni la nada. Al encuentro de sus almas, que atraen a la mía como si de miel y abejas se tratara. Y me siento a esperar de nuevo, para ver llegar un vórtice de encuentros que me arrastran. Y al fondo, muy al fondo, la música descarnada de una marcha antes ya anunciada a las notas del raído piano de la madrugada. Y se ponen las grietas humeantes a escupir vapores de sulfuro que me agarran a las sombras, que me atrapan para que no me vaya. Y se acercan impacientes los innombrables, con túnicas de oro oscuro y de plata afilada.

Al acantilado del fin del mundo, donde reposan los restos de los dioses olvidados, donde la marcha de los innombrables acaba. Aquí, donde no hay más allá, donde se encuentran el principio y el final. Plantado me hayo, frente al abismo y al fiel destino de la eternidad acabada. Y volver, ahora, de nuevo a recorrer la senda que lleva al amanecer del mañana.

Hiván Ramone